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Llevo diecisiete años haciendo imágenes y cuando creí entender el juego, todo cambió. Empecé en la publicidad —dirección de arte, copy, dirección creativa— hasta que el sismo del 19 de septiembre de 2017 me sacó a la calle con una cámara. Ahí aprendí lo único que sigo usando: que una gran fotografía no se construye, se espera, y que la ciudad pocas veces te da lo que fuiste a buscar. De esa insistencia salió La grandeza mexicana, publicado por el Senado de la República. Después vinieron Estambul, La Habana, Marrakesh y  China. Los retratos de los premios Ariel, campañas para Amazon Prime Video y Paramount México.

Mi trabajo parte de una idea liminal: el punto donde la tradición y la tecnología dejan de ser opuestos y colapsan en un solo instante. La cámara también fue, en su momento, la máquina que iba a matar a la pintura. El pincel también fue tecnología. Lo que cambia es la herramienta; lo que no cambia es la necesidad de mirar.

Creo que no hay nada más humano que la inteligencia artificial: está hecha de todo lo que hemos escrito, fotografiado, deseado y temido. Es un espejo con memoria. Por eso no me interesa como atajo ni como espectáculo, sino como material —con la misma disciplina con la que se elige un lente, una hora del día, una sola fuente de luz.

El presente de la imagen es un exceso: nunca se produjeron tantas y nunca significaron tan poco. Lo que escasea no son las imágenes, sino las razones para hacerlas. Y ahí es donde creo que se juega el futuro: la fotografía deja de ser prueba de que algo ocurrió y se vuelve una hipótesis sobre lo que podría ocurrir. 

Vivo y trabajo en la Ciudad de México. Conduzco Duelo Sapiens, un podcast sobre inteligencia artificial, creatividad y lo que queda de nosotros.

Abraham Esli

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